lunes, 4 de diciembre de 2017

El valor de los objetos

Conversación habitual:
- ¿y a qué te dedicas?
- Soy restaurador de bienes culturales (la coletilla final es necesaria para que no piensen que eres cocinero).
-¡Ah! qué profesión tan bonita.

Sí, es bonita, pero no sólo eso, también es valiosa.
Quienes nos dedicamos a las profesiones del patrimonio cultural manipulamos cotidianamente una serie de objetos de gran valor tanto artístico como histórico, a lo cuál nos acabamos habituando.
Elementos prehistóricos, romanos, visigodos, románicos, góticos, renacentistas, barrocos, rococós, neoclásicos y un largo etcétera se suceden delante de nuestra vista y de nuestras propias manos, muchas veces debidos a importante autores o sitos en lugares de gran importancia.

Sin embargo, no solamente el valor de los objetos reside en sus cualidades histórico-artísticas, existe un componente fundamental que es incuantificable: lo inmaterial.

Hace algunos años una buena amiga mía me preguntó (no sin cierto pudor) si se podría restaurar un cuenco que tenía en su casa. Se trataba de un cuenco blanco de loza, que a lo sumo podría tener un precio de unos 3€ en cualquier tienda de insumos domésticos. 
El cuenco se hallaba completamente cubierto de un sinnúmero de capas de pintura ya que había sido utilizado durante un largo periodo para limpiar pinceles.

-Es el tazón en el que mi abuelo desayunaba todos los días el pan migado.

Puedo afirmar que es una de las piezas que más satisfacción me ha dado restaurar. 
Lo de traer al presente, a través del proceso de conservación-restauración de una pieza, la memoria de alguien que ya no está y que en cierta manera reside en tal objeto, es algo que no tiene precio.



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